Tamara de Lempicka, la pintora de la luz del norte

Tamara de Lempicka, la pintora de la luz del norte

Desde el pasado octubre hasta el 24 de febrero de este 2019, está teniendo lugar en Madrid, en el céntrico Palacio de Gaviria, una exposición de la obra de la pintora Tamara de Lempicka, que comenzó su andadura artística hace justo un siglo.

Autora del texto: Begoña Pérez Sancho (Psicóloga)

“Se trata de un hecho importante, pues es la segunda vez que llega a España una exposición suya, tras la que tuvo lugar en Vigo en 2007. Sus cuadros y dibujos vienen acompañados de fotografías y cortos cinematográficos con ella como protagonista, y por una serie de preciosos objetos decorativos y mobiliario, que formaron parte de la famosa exposición Art Decó de 1925 en París. También se incluyen vestidos, sombreros, zapatos, guantes y otros complementos que estuvieron de moda en su época. El espacio en que se ubica es magnífico. Un palacio neoclásico de mediados del XIX, que conserva la elegancia de la construcción original más el encanto decadente que imprime el paso del tiempo.
Tamara de Lempicka fue un auténtico personaje novelesco, que en buena parte se inventó su propia historia. De hecho, a día de hoy no se sabe a ciencia cierta ni dónde ni cuándo nació. Ha quedado como oficial que fue en Varsovia en 1898, pero lo más probable es que fuera en Moscú hacia 1895. Hija de una familia muy adinerada, de origen polaco la rama materna, y rusa de origen judío la paterna. Su padre desapareció siendo ella muy pequeña. Sobre este aspecto las versiones son variadas, pero lo más probable es que se suicidara, dado el secretismo con el que la familia abordaba el tema. Tamara, la segunda de tres hermanos, fue educada por su madre, abuela y tías maternas con los lujos propios de su clase social.

Aunque vivían en Rusia mantenían en Varsovia casa, a la que acudían regularmente, haciendo gala de una fuerte identidad polaca. Viajaban con regularidad. A París, ciudad mundial de la moda, en donde compraban la ropa de cada temporada. A San Petersburgo, al teatro, la ópera y los ballets. A descansar en los balnearios de distintos países europeos o a zonas de veraneo de la élite. Cerraba el círculo de viajes los que les llevaban a Italia para ver arte en sus iglesias y palacios. Su abuela materna era una gran amante de la música y del arte, y con ella viajó por primera vez a Italia siendo sólo una púber. Aquel viaje la dejó fascinada, especialmente por tener frente a frente las obras de los autores del Quattrocento. Había descubierto la belleza con mayúsculas en la pintura, de la que no se desprendería jamás. A lo largo de su vida adulta regresó a Italia casi cada año durante dos o tres meses, para seguir aprendiendo de los grandes maestros de la pintura renacentista.

Tamara se casó muy joven y tuvo a su única hija, Kizette, también muy joven. Con las fechas de boda y nacimiento hay todo tipo de bailes, pero la fecha oficial que ha quedado del nacimiento de su hija es septiembre de 1916. El marido elegido fue Tadeusz Lempicki, de quien tomó su apellido artístico. Se trataba de un guapísimo abogado de origen polaco como ella, residente con su familia en San Petersburgo. Tamara se casó muy enamorada y los primeros tiempos fueron de enorme vida social y felicidad en aquella ciudad tan ostentosa y aristocrática. Pero llegó la revolución de octubre del 17 y tuvieron que huir despavoridos. La revolución rusa había llegado para quedarse y como ricos y partidarios del Zar que eran, corrían un grave peligro. Su marido fue detenido y se cuenta que para liberarlo, ella acudió al embajador de Suecia, que a cambio de algún favor sexual, intercedió para que a Tadeusz lo dejaran libre los bolcheviques.

Tras un periplo de unos cuantos meses por varios países europeos, con una niña de poco más de un año encima, llegaron a París a mediados de 1918. Eran unos refugiados más, como tantos otros rusos blancos, en la capital de un país que aún seguía en plena guerra. A lo largo de ese año la familia se fue reagrupando allí, a excepción de su hermano mayor Stanczyk, que combatía en la gran guerra y que no regresó, probablemente porque muriese en el frente. Los primeros tiempos sobrevivieron de vender parte de las joyas que Tamara había traído con ella y de la generosidad de una tía materna y su marido, que consiguieron salvar un mayor patrimonio. El matrimonio y la niña se instalaron en una habitación sin baño alquilada en un modesto hotel. Un cambio tremendo viniendo del estilo de vida del que venían. Tadeuz cayó en una profunda apatía y no buscaba trabajo, se quedaba tumbado todo el día y por las noches salía a beber.

Fue la hermana pequeña de Tamara, Adrianne, Ada para la familia, una joven realmente inteligente y cabal, que en ese momento cursaba arquitectura en París, la que animó a Tamara en 1919 a estudiar pintura para poder ganarse la vida con ello, dado lo bien que se le daba. Tamara sostiene que fue aquí cuando empezó a tomar las primeras clases, pero la realidad es que ya de adolescente en San Petersburgo tuvo que haber recibido lecciones de dibujo. Su primer profesor reconocido fue Maurice Denis. A ella no le gustaba porque constreñía su visión pictórica, por lo que lo dejó y comenzó con André Lothe, de quien guardó siempre un gran recuerdo y es el único al que consideró su maestro. Aunque es obvio que en su pintura han quedado huellas de las enseñanzas de ambos pintores.

Tamara enseguida demostró un enorme talento para el dibujo y la pintura. Pero en aquel París de postguerra, lleno de pintores a orillas del Sena desde hacía varias décadas, donde se creaban todas las vanguardias artísticas, se debatía a muerte en las tertulias de los cafés, se lanzaban manifiestos, se llevaban a cabo revoluciones de salón y se veneraba a los pintores bohemios y malditos; ella era un elemento atípico, discordante. Aparte de ser una mujer sin un hombre importante del mundo del arte a su lado, que le ayudase a prosperar en ese ambiente.

Pintaba con rapidez en largas sesiones de trabajo y tuvo gran capacidad de indagar hasta encontrar su propio estilo. Ese mundillo artístico y bohemio también le atraía, a pesar de no sentirse parte integrante de él. Y por supuesto, la sexualidad tan a flor de piel en aquel entorno, la sedujo por completo. Su rutina consistía en acostar a su hija y marcharse a aquellos cafés en los que se movían los artistas de la época, donde los más bohemios como Modigliani cambiaban sus cuadros por un plato de comida o una botella de vino. Luego, ya entrada la noche, acudía a los garitos del puerto en busca de los marineros más bellos y rudos. También frecuentaba los cabarets de peor fama, donde se concentraba lo más canalla de la sociedad parisina. Allí encontraba tanto hombres como mujeres entre sus amantes. Todo esto aderezado con el consumo de cocaína. Cuando llegaba a casa a altas horas de la madrugada, se ponía a pintar durante horas y horas. Apenas dormía. Por todo ello la relación con Tadeusz se fue haciendo cada vez más difícil, pero a las quejas de su marido, ella respondía que él no aportaba nada a la economía familiar. Del cuidado de la niña se encargaba mayormente la madre de Tamara.

Los cuadros que Tamara pintó hasta 1922 no son muy conocidos y se han expuesto poco en los últimos años, tras ser redescubierta
, pero son verdaderamente espléndidos. Especialmente por la introspección psicológica que hace de los retratados, por el uso del color y por esa pincelada ligeramente impresionista. A partir de 1923 va probando otros estilos, siempre figurativos, pero más cubistas, comenzando a pintar desnudos de mujeres de apariencia musculosa, viril, fuertemente erótica. Sigue evolucionando hasta que en 1925 fija el que será su estilo más reconocible.

Es en 1922 cuando por primera vez expone en el Salón de Otoño. En años sucesivos lo seguirá haciendo en ese o en el Salón de los Independientes, o en exposiciones de mujeres artistas. Desde esa primera exposición, en la que presentó tres cuadros, uno de ellos el impresionante “Retrato de joven con vestido azul” (la modelo era Ira Perrot), a pesar de estar rodeados de cientos de otros cuadros, los de Tamara ya destacaron ante el público y consiguieron comentarios positivos de los críticos, además de ventas.

Es en 1925 cuando por fin expone en solitario y lo hace en Italia, su patria artística de adopción, en Milán concretamente. Trabaja a un ritmo desenfrenado para conseguir presentar medio centenar de cuadros, entre los que ya tenía hechos y los casi treinta que pinta en los cuatro meses previos a la exposición. Esta muestra es todo un éxito y en ella además de lo que vende, se asegura una clientela rica y aristócrata que le va a solicitar encargos de sus retratos a unos precios realmente altos para ser una autora novel. A partir de este año y en vista de que ha dado con un estilo de su gusto y del gusto de sus clientes, realiza sus obras más conocidas. Es su década prodigiosa, donde fama y dinero van de la mano, y donde ella se convierte en la reina de las fiestas y en un icono de la moda, del estilo, elegancia, talento y en un modelo de mujer moderna y libre.

Fotógrafos y modistas de ambos sexos de la época, así como revistas de moda o de diseño, se la disputan para que luzca sus creaciones, sea su modelo fotográfico o aparezca en sus publicaciones. A ella toda esta publicidad gratuita le beneficia enormemente al darse mucho más a conocer. De esta etapa como icono de la mujer moderna, su cuadro más emblemático es “Autorretrato en bugatti verde”, pintado por encargo para la revista alemana de moda Die Dame, que lo publicó en una de sus portadas de 1929 y que la hizo mundialmente famosa por todo lo que se reprodujo la imagen en distintos medios.

Tamara acaba creando un estilo neo-cubista, que fusiona distintas vanguardias pero cuyo objeto principal es el cuerpo humano. Un cuerpo sensual, voluptuoso, de grandes y retorcidos volúmenes, donde se aprecian influencias de los grandes pintores italianos, así como el erotismo del francés Ingres, pintor del siglo XIX. Su objetivo era crear una obra que pudiera reconocerse y distinguirse de las demás, y lo consiguió ciertamente.

En estos años de mayor gloria, entre 1925 y 1934, se dedica sobre todo a pintar retratos de sus clientes y voluptuosos desnudos femeninos
. No es la primera autora en realizar este tipo de desnudos. Algunas como Émilie Charmy y sobre todo la maravillosa Suzanne Valadon, ya habían pintado muchos y magníficos en la década previa. Pero en el caso de Tamara adquieren una carga de erotismo inigualable. Esos cuerpos laxos, esas miradas perdidas, esa calma tras la tormenta, hablan a las claras del gozoso placer sexual recién vivido. Eso es algo que también hace única la obra de Tamara frente a los desnudos de sus predecesoras. Ella misma era una mujer que compartía el placer sexual con otras mujeres y ese hecho se nota en sus pinturas, en que sin duda en varios casos la modelo era también su amante. Puede que en la vida real Tamara fuera bisexual, pero su obra es marcadamente lésbica.
De todos estos desnudos el más conocido y apreciado es el de “La bella Rafaela” de 1927, que más de un crítico consideró uno de los mejores desnudos del siglo XX. Quizás se centró de forma exclusiva en el desnudo femenino porque hacer desnudos masculinos fuera un escándalo difícil de asumir en la época, incluso para ella (Suzanne Valaron fue la primera en atreverse). Quizás porque tenía mucha más venta el desnudo femenino, las composiciones lésbicas y la visión del placer femenino para sus ricos compradores varones. O quizás porque esto era lo que a ella la hacía vibrar, quién sabe. Pero no cabe duda que Tamara es la gran pintora del erotismo entre mujeres del siglo XX.

En su vida, aparte de las amantes esporádicas, tuvo alguna más larga en el tiempo como la bella Rafaela, a la que pintó en varios cuadros durante más de un año. Pero la relación más consistente que se le conoce con otra mujer es con su vecina y amiga Ira Perrot. Esta relación se mantuvo a lo largo de más de una década, desde que Tamara y su familia llegaron a Montparnasse tras dejar la habitación del hotel. Se sabe que viajaron juntas a Italia durante varios meses. Después de su hija Kizette, Ira es la persona a la que Tamara más retrató en distintos años y en distintos estilos, todos ellos magníficos. Al menos hay cinco cuadros de Ira y otros tantos dibujos. De 1932 es un precioso retrato de su hija, “Retrato de Evelyn Perrot”.

De cualquier modo Tamara era capaz de todo. Basta con fijarse en su único desnudo masculino, el musculoso Adán de espaldas, en la obra “Adán y Eva” de 1932. Una obra mágica e inolvidable. Un David de Miguel Ángel de los tiempos modernos. Cuando se vendió en subasta en 1994 alcanzó los dos millones de dólares. Quien lo vendía era Barbra Streisand.

En cuanto a amantes masculinos, aparte de los fornidos y guapos marineros, Tamara tuvo muchos y variados en la alta sociedad, algunos de los cuales fueron también compradores de sus cuadros. Pero no se acostó nunca con nadie que no le gustase, por más rico o poderoso que fuese, y de hecho tuvo algún pretendiente muy pesado que no se salió con la suya a pesar de la insistencia. Ella sólo se acostaba con quien la hacía vibrar.
A la fama y el dinero le acompañaron el agotamiento y la depresión, que se fue haciendo patente desde principios o incluso antes de los 30 y tuvo su peor momento en 1935. El que su marido la abandonase en 1927 por una rica heredera Polaca y se fuese con ella a vivir a Polonia, fue un golpe difícil de encajar para Tamara. Y eso que la relación de pareja con Tadeusz no tenía arreglo posible, dadas sus peleas constantes que llegaban incluso a los golpes entre ambos. Probablemente a día de hoy a Tamara se le hubiera diagnosticado algún tipo de trastorno mental de tipo bipolar. Por sus cambios de humor rápidos y drásticos. Sus fases de actividad maniaca, especialmente pintando, a las que seguían estados depresivos en los que no podía ni levantarse de la cama en semanas y donde tenía ideas suicidas. Su dificultad para dormir. Sus encuentros sexuales de una promiscuidad y con una asunción de riesgos ciertamente peligrosos en aquellos muelles del Sena. Su obsesión compulsiva por el orden. Su consumo de cocaína que aún la activaba más y de la que afortunadamente consiguió liberarse. Su consumo de tres paquetes de cigarrillos diarios que mantuvo toda la vida. Y su compleja y ambivalente relación hacia su hija, a la que adoraba y le estorbaba a partes iguales.

Ese momento de fuerte crisis existencial en 1935, deja una huella profunda en ella y en su pintura, lo que la lleva a variar su estilo y los temas de su obra. Con un estilo hiperrealista ahora, empieza a ocuparse de pintar a personajes humildes de la sociedad, personas que sufren, o santos y religiosas, en tonos más oscuros y dramáticos todos ellos. De 1935 es la obra favorita de la propia Tamara: “La madre superiora”. Cuadro que no vendió nunca y del que no se desprendió hasta 1976 en que lo donó al museo de Nantes, en agradecimiento por haber sido el primer museo en comprarle una obra en los años 20.

Poco más tarde, la vida de Tamara vuelve a estar marcada por los acontecimientos históricos. Ante la inminencia de una segunda guerra mundial, ella y su segundo esposo, el rico barón Kuffner, organizaron con tiempo y previsión su marcha a Estados Unidos a principios de 1939. Aparte del temor a perder su fortuna con la guerra, ella procedía de una familia judía por parte de padre, de la que había heredado unos rasgos faciales prototípicamente judíos; y su esposo también era de origen judío húngaro. Allí vivieron primero en Hollywood y después en Nueva York. Tamara, conocida en aquel país como la baronesa Kuffner, se convirtió en la reina de las fiestas más elegantes y sofisticadas. Esa estrategia que tan buenos resultados le había dado en Europa para conseguir encargos y lograr ser conocida como personaje y como pintora, en América sólo la convirtió en una celebrity. A pesar de realizar varias exposiciones exitosas en 1939 y 1941, apoyada en esta última por su amigo Dalí, que también vivía en Nueva York y era un artista muy reconocido; la carrera pictórica de Tamara no despegó. No pasó de ser la “baronesa del pincel”. Triste apelativo para tan gran pintora.

El contexto y los tiempos habían cambiado. Tamara en Norteamérica era una pintora desconocida, haciendo una pintura que no estaba de moda y menos lo iba a estar cuando triunfara un tiempo después el expresionismo abstracto. Tamara siguió pintando día tras día, probando y haciendo nuevas cosas. En esta década de los 40 tiene algunos bodegones magníficos, el mejor sin duda es el extraordinario “Frutas sobre fondo negro” de 1949. También pinta haciendo homenajes a sus artistas favoritos: los renacentistas italianos, Durero, Vermeer, o los pintores holandeses del siglo XVII. Absolutas maravillas del dibujo, la composición, el color, la luz, o el claro oscuro. Pero tampoco fueron apreciados.

En los 50 indagó en el surrealismo, cuando ya estaba desfasado por completo y luego en una abstracción geométrica de escaso interés incluso para ella misma. En los 60 empezó a pintar con espátula y con unos pigmentos terrosos que le preparaba su yerno geólogo, obras que recordaban a los frescos de épocas antiguas. Estas pinturas con espátula tienen más interés por su vuelta a lo figurativo, el medio donde ella mejor se movía. Su última dedicación artística en los 70 fue la de copiar algunas de sus mejores obras de los años 20 y 30, como siglos atrás hicieron varios de los grandes maestros, pero ya había perdido mucha vista y las manos le temblaban.
Sin embargo ella fue genio y figura hasta la sepultura, ocurrida en Cuernavaca, México, en 1980. A esta ciudad se retiró en sus últimos años y allí la incineraron y lanzaron sus cenizas, a petición suya, al cráter del volcán Popocatepetl. Lo hicieron desde un helicóptero su hija Kizette y el artista mexicano Víctor Contreras, su mayor apoyo en la parte final de su vida. Hacía tanto viento ese día que casi acaban todos en el cráter. Lo dicho, genio y figura.

Al menos en la última década de su vida disfrutó del placer de ser redescubierta. A finales de los 60 se empezaban a hacer recuperaciones de artistas del siglo XX que en su momento tuvieron prestigio y luego quedaron en el olvido, o de quienes ni siquiera llegaron a tener este reconocimiento en vida. Esto sucedió con varias mujeres pintoras, pues en el París de los primeros años del siglo XX hubo varias y muy buenas, aunque desgraciadamente ninguna haya pasado a la Historia del Arte con mayúsculas, como sí pasaron tantos de sus coetáneos masculinos. En el caso de Tamara, ni siquiera se la mencionaba en esas revisiones.

En ese momento se está revalorizando también lo que supuso el Art Decó y la exposición de 1925 en París. Ahí el joven y futuro galerista, Alain Blondel, interesado en esas obras, descubre algunas fotografías con cuadros de Tamara. Se quedó impresionado por su calidad y más aún por no haber oído jamás hablar de ella. La contactó y para 1972 preparó una exposición en París con las obras de aquella época, exposición a la que Tamara acudió casi a diario, disfrutando al ver cómo sus pinturas eran valoradas de nuevo. Fue complejo montarla porque la mayoría de su obra estaba en colecciones privadas y no en museos, pero esa primera y exitosa exposición dio pié a otras en Japón, Canadá, Italia, Inglaterra, Francia, México y otros países. Y a libros de arte con fotografías de sus obras editados en muy buena calidad a precio alto y posteriormente en libros económicos accesibles a la mayoría. También con el tiempo llegaron las biografías, la mejor sin duda la de Laura Claridge, editada en castellano por Circe.
En ese momento hubo un escándalo debido a que el editor del primero de estos libros, el italiano Franco Maria Ricci, incluyó en el mismo algunos textos que hablaban de ciertas intimidades de la vida amorosa de Tamara. Aún a pesar de la oposición de ella y no respetando el acuerdo firmado en que Tamara había de dar previamente el visto bueno a lo que se iba a publicar, el libro salió a la luz con esos textos. Poco tiempo después de su muerte se estrenó igualmente una obra de teatro titulada “Tamara”, centrada precisamente en esos aspectos íntimos. Las representaciones fueron todo un éxito en Estados Unidos y Argentina.

El personaje de Tamara en los escenarios norteamericanos lo interpretaba Angelica Huston
, en una época de enorme fama para esta actriz.
Como muchas veces ocurre, el escándalo, que a ella la afectó terriblemente, en esos últimos años de vejez y de mala salud, sirvió para darla a conocer más ante el gran público, para que sus obras se volvieran a cotizar y a subastar y subiera su precio igual que la espuma. Entre los coleccionistas que se sumaron en ese tiempo y algo después, hay gentes de Hollywood como Barbra Streisand, Jack Nicolshon o Madonna. Esta última además utilizó en sus conciertos imágenes de los cuadros que había comprado. La estética de vestidos con pechos en forma de conos que usó en una época, está sacada también de las pinturas de Tamara de los primeros años 30.

Tamara en la última etapa de su vida donó importantes obras suyas que aún conservaba, a museos de Francia y Estados Unidos. Ella sabía que si quería mantenerse viva en la Historia del Arte, sus pinturas debían exponerse en los museos, donde todo el mundo pudiera verlas, no sólo en los salones de coleccionistas ricos.
La obra de Tamara vista hoy en día, casi 100 años después de creada, sigue siendo magnética. Moderna y clásica a la vez. Inclasificable. Como ya lo fue en su momento, en que nadie consiguió ubicarla en ninguno de los ismos de su época. Básicamente porque es original, hermosa, y tiene una fuerza muy poderosa. Trasmite la potente personalidad de su creadora, su talento, y su tremenda capacidad de trabajo. No es casual que grandes modistas, fotógrafas y artistas de todo sexo y condición de los últimos tiempos, se hayan inspirado en sus cuadros para realizar algunas de sus creaciones.

Tamara fue mucho más que un personaje, fue una de las grandes artistas del siglo XX, con una obra amplia, de unas 500 pinturas. Fue también la pintora que siempre colocó su estudio orientado al norte, desde aquel apartamento alquilado en Montparnasse. Desde ese humilde lugar, pasando luego por todas las lujosas casas donde vivió y trabajó en París o en Norteamérica, siempre buscó la luz del norte. Esa luz limpia, fría y metálica, que ella necesitaba para darle brillo a su pintura.

Por todo ello, es un lujo y un privilegio poder contemplar su obra, emocionarte delante de tanta belleza y maestría. No sólo ante sus óleos disfrutando de los contrastes entre los pintados en lienzo y los pintados en tabla, sino también frente a sus pequeños dibujos, que son estudios y bocetos de una sensibilidad y una precisión enormes. No es comparable mirar una lámina por muy grande y de muy buena calidad que sea, que estar frente a los originales.

La comisaria de esta exposición es Gioia Mori, una estudiosa italiana de arte medieval y moderno. Lleva años involucrada en el estudio, la publicación de libros y la recuperación de obras de Tamara de Lempicka dadas por perdidas. Como el retrato inacabado del rey Alfonso XIII pintado en 1934 en su exilio italiano y que por primera vez se puede ver expuesto. Acompañando a dicho retrato, hay algunos más de este mismo rey realizados por otros pintores, incluido uno estupendo de Sorolla.
Esta misma muestra ha pasado en los últimos años por varias ciudades italianas como Turín o Verona y por Paris. Hasta el 24 de febrero estará en Madrid. Tiene su precio, pero merece la pena verla. Como aliciente añadido se pueden hacer fotos, de todas y cada una de las obras expuestas.

Y para quienes no acudan a la exposición pero les interese ver algo más de ella, un par de webs muy interesantes. Su web oficial donde en la pestaña Artwoork se pueden encontrar sus obras ordenadas cronológicamente. Sin duda la web que más obra de toda época contiene y más información sobre cada cuadro y dibujo. A veces no entra escribiendo la dirección en google. En ese caso ir a la wikipedia y desde allí se accede siempre sin problemas.

Otra web de referencia En esta habrá unas ciento cincuenta obras, lo interesante es que se puede elegir la opción de ver 96 cuadros por página, de modo que de forma rápida van pasando seguidos en vez de ir uno a uno.
*La primera fotografía que aparece de Tamara la realizó la prestigiosa fotógrafa austriaca Madame D´Ora (Dora Kallmus) en 1929
* La fotografía con Dalí está tomada por Nicholas W. Orloff en 1941″

By | 2019-01-26T00:18:14+00:00 24/01/2019 |Social/Soziala|0 Comments

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